Maquillando la apariencia - Kruger y Hamilton





Veo más de una hora de tv diaria. Y de la tv más descerebrada que pueda existir en el mundo. Pero me entretiene. Y viene bien ser descerebrada de vez en cuando, o al menos al mirar tv. Nada más descontextualizado que mirar programas al estilo “La Belleza de Pensar”, donde todo es muy genial (y hablo del genio kantiano), donde preguntas por la inspiración y todas esas patrañas románticas del arte no dan, no sirven, no convencen a nadie sin caer en lo cliché, como si el arte viniera de otro planeta. Mentira. Yo no creo en eso. No creo en la inspiración metafísica, espiritual y casi chamánica. No creo en la expresividad sin mediación del artista. No creo que la obra de arte se ejecute sin intencionalidad intelectual o racional. El arte es para mí un “pensamiento visual”. Y es que al momento de componer se toman decisiones que siempre pasan por la racionalidad: el color acá, este otro allá. Relaciones. Todo se arma por relaciones.
¿Y del arte contemporáneo? Y bueno, a mi juicio es puro juego de materialidades, un juego matérico-crítico, un juego de miradas que se erige en el intelecto. Imagino que de ahí viene la retórica o poética más ligada al mundo del consumo, la publicidad y los medios masivos de comunicación, como se logra ver en algunas obras de la artista estadounidense Barbara Kruger o del artista chileno Patrick Hamilton. Se podría decir que tanto Kruger como Hamilton se sirven de lo que está “a la mano”, de objetos y situaciones que lindan con la inmediatez de lo cotidiano.

Algunas obras de Kruger se han instalado en el espacio urbano, interviniendo trenes subterráneos, multitiendas, paraderos de micros. Kruger se inmiscuye en el espacio común y en las retóricas socializadoras para invertirlas, para ironizarlas y travestirlas. Utiliza imágenes reconocidas por todos –estereotipos- ejecuta un trabajo decontructivo porque desarma desde dentro las redes de significación, otorgándole a los objetos comunes y con significación determinada, una nueva significación que siempre es contraria a la original, y logra esto mezclando imágenes fácilmente reconocibles con frases cortas pero lapidarias que remueven el significado de la obra. Kruger logra aunar visualidad con textualidad para potenciar aún más su trabajo irónico.
Hamilton realiza casi el mismo gesto: toma objetos de la vida cotidiana –sierras eléctricas, serruchos, cuchillos- que son fácilmente ligados a las grandes tiendas al estilo Homencenter. Sin utilizar textualidad, Hamilton logra conjugar paisajes urbanos en el soporte desfuncionalizado (operación duchampiana) de la herramienta. Llena de tapiz la herramienta, la maquilla, la “hermosea”, le quita el resabio agreste propio de su funcionalidad. Una estética del maquillaje es el trabajo de Hamilton.
En su ejercicio de desfuncionalizar al objeto para luego revestirlo de una máscara visual, se confecciona un violento juego de doble cariz: por un lado está la violencia propia de la herramienta que casi siempre son objetos cortopunzantes; y por otro lado está la violencia visual que sostiene la ciudad como parte de su arquitectura urbana. Es un tipo de violencia característica de la cultura de masas, de los avisos publicitarios, de la vorágine citadina, del inagotable e incansable ajetreo y ejercicio del comprar-vender, de las tarjetas crediticias, en fin: de lo maquinal del consumismo.
Esta violencia también es característica del trabajo de Kruger, y se podría decir que en este sentido, ella también ejecuta una suerte de estética del maquillaje. Ambos son artistas que conectan su obra con su espacio circundante, conciben su obra como un pensamiento visual, ejercitan un trabajo mordaz, invierten significaciones, rasgan lo socialmente aceptado, ambos son atentos a su contexto vital, ambos saben que el arte no viene de otro planeta. Su trabajo se centra en maquillar la apariencia, en darle un aspecto irónicamente inhumano, irónicamente travestido, irónicamente maquínico, irónicamente cortopunzante y asesino.
Imágenes: Dos primeras de Barbara Kruger. Dos últimas de Patrick Hamilton.

"¿Qué hago acá?" - Sebastián Preece





En las cercanías de la estación de metro Las Mercedes se están construyendo cosas. Y hace rato. En la avenida Vicuña Mackena también se están construyendo cosas. Y también hace rato. En la ciudad se hacen cosas. Se construyen cuestiones. Se interrumpe el trayecto habitual de los ciudadanos con adoquines, retroexcavadoras, grúas, gravilla, picotas, obreros y colores fosforescentes.
Se deben levantar los pies –más de la cuenta- para caminar, se debe andar serpenteando y esquivando ‘obstáculos’ -que son otras personas que a su vez esquivan a otras- para continuar el trayecto, objetos y formas se distorsionan por la mezcla de cemento y por la luminosidad del sol dependiendo del día. Se desarma. Se rompe. Se interrumpe. Se discontinúa.
Y es que la cuestión es esta: no se construye desde la nada, no es un acto demiurgo, más bien se deshace, se parcha, se desconstruye. Y puede ser que todo esto se realice para obtener nuevas miradas, nuevos puntos de fuga, nuevas maneras de recorrer, para tratar de vislumbrar una nueva geometría y en su sentido literal: como medida de tierra. Tanteando, reconociendo, transformando la tierra para erigir nuevas formas posibles de mirar y de habitar.


La ciudad entonces como materia prima para tratar de conformar una nueva arquitectura siempre inconclusa y por ello inhabitable. Una suerte de utopía, una suerte de proyecto que en su realización queda truncado. La obra del artista nacional Sebastián Preece se me aparece de este modo: como una posibilidad imposibilitada en su ejecución. Es un acto preciso como una cirugía, pero impredecible como un asalto.
Preciso porque se manipulan cuestiones concretas, se requieren saberes específicos que se desmarcan –al menos clásica o tradicionalmente- de las artes plásticas (principalmente de la pintura y la escultura) para trasladarse a esferas más tangenciales como la arquitectura.
Impredecible porque se hace mientras se avanza, se podría decir que, si es que hay un proyecto, éste siempre es modificado por las circunstancias y por la contingencia del trabajo.
Es –y lo quiero plantear así- un acto físico, corporal pero también dibujístico y pictórico. El cuerpo se inmiscuye en el proceso manchando los materiales –tierra, cemento, máquinas- con sudor fisiológico, el cuerpo concebido como un elemento y herramienta más en la construcción, como materia prima y sintiéndose parte del proceso. Es sabido que en el trabajo del obrero lo que más abunda es sudor.


Preece erige paredes, paneles, techos y puentes para construir recovecos, laberintos y túneles. Y es muy probable que sólo él recorra estos lugares –visitas guiadas no se han concretizado de manera correcta- y que quede para el espectador el registro fotográfico como un resabio de la imposibilidad de esta arquitectura efímera, volátil e inhabitable.
Y lo dibujístico no reside necesariamente en el registro fotográfico, sino más bien en el momento mismo de la ejecución del proyecto: pasillos estrechos, paredes altas, orificios en las paredes, sinuosidades todas que juegan con la luz del día, que van formando sombras, que van dibujando en el aire o en un soporte siempre inestable –árboles, calles-.
Todo el registro se constituye como una nueva obra y por ello va perdiendo su estatus de ‘registro’, se podría decir que las fotografías son un espacio viral: son ‘registro-obra’.
Contaminación de límites: una cuestión absolutamente propia del arte moderno y contemporáneo. Y es que Preece ‘ensucia’ la pintura, la arquitectura, la fotografía, su trabajo transita por estos soportes, los desconforma y los mezcla, los vuelve a un estado virulento, enfermizo pero vigoroso. Vigoroso porque presenta una posibilidad de habitar lugares viables y nuevos, pero enfermizo porque al mismo tiempo Preece muestra el carácter de ‘estar a medio camino’ de esta arquitectura perecedera e inhabitable.
Tal como parece ser en ciertos juegos gubernamentales –y no tanto- de armar y rearmar calles, veredas, plazas, luminarias y paraderos que juegan a ser definitivos, pero que siempre guardan su condición de precariedad y transitoriedad debido a ciertos vicios e intereses personales y creados. Debido al mal proyecto que se lleva a cabo como está. Al menos Preece nos advierte la imposibilidad de su proyecto. El gobierno no.

Imágenes: casi todas de la intervención realizada en el Hospital Salvador:
"Fábrica se declara en quiebra al inaugurarse" - Sebastián Preece. 2002.

Esto no es


Y me dijo que era mucha materialidad, como si las palabras pesaran y adquirieran volumen en el papel.
Y claro que pesan, pero no de la forma ingenua que él propone.
Las palabras no pesan por el grafismo.
Pesan por la conceptualización.
Por lo que no muestran pero que anuncian.
Por todo lo que no son pero que las conforman.
Por toda la esencia que despojan y arrojan al papel sin ser vistas.
Por toda la emergencia de gravedad que nos vienen a tirar en la cara de manera violenta, sacrificial, astuta, dictatorial.
Y que nos dejan desnudos, como si volviésemos a nacer una y otra vez con y en ellas.
Imagen: ' La trahison des images: ceci n'est pas une pipe' - Magritte.