En las cercanías de la estación de metro Las Mercedes se están construyendo cosas. Y hace rato. En la avenida Vicuña Mackena también se están construyendo cosas. Y también hace rato. En la ciudad se hacen cosas. Se construyen cuestiones. Se interrumpe el trayecto habitual de los ciudadanos con adoquines, retroexcavadoras, grúas, gravilla, picotas, obreros y colores fosforescentes.
Se deben levantar los pies –más de la cuenta- para caminar, se debe andar serpenteando y esquivando ‘obstáculos’ -que son otras personas que a su vez esquivan a otras- para continuar el trayecto, objetos y formas se distorsionan por la mezcla de cemento y por la luminosidad del sol dependiendo del día. Se desarma. Se rompe. Se interrumpe. Se discontinúa.
Y es que la cuestión es esta: no se construye desde la nada, no es un acto demiurgo, más bien se deshace, se parcha, se desconstruye. Y puede ser que todo esto se realice para obtener nuevas miradas, nuevos puntos de fuga, nuevas maneras de recorrer, para tratar de vislumbrar una nueva geometría y en su sentido literal: como medida de tierra. Tanteando, reconociendo, transformando la tierra para erigir nuevas formas posibles de mirar y de habitar.
La ciudad entonces como materia prima para tratar de conformar una nueva arquitectura siempre inconclusa y por ello inhabitable. Una suerte de utopía, una suerte de proyecto que en su realización queda truncado. La obra del artista nacional Sebastián Preece se me aparece de este modo: como una posibilidad imposibilitada en su ejecución. Es un acto preciso como una cirugía, pero impredecible como un asalto.
Preciso porque se manipulan cuestiones concretas, se requieren saberes específicos que se desmarcan –al menos clásica o tradicionalmente- de las artes plásticas (principalmente de la pintura y la escultura) para trasladarse a esferas más tangenciales como la arquitectura.
Impredecible porque se hace mientras se avanza, se podría decir que, si es que hay un proyecto, éste siempre es modificado por las circunstancias y por la contingencia del trabajo.
Es –y lo quiero plantear así- un acto físico, corporal pero también dibujístico y pictórico. El cuerpo se inmiscuye en el proceso manchando los materiales –tierra, cemento, máquinas- con sudor fisiológico, el cuerpo concebido como un elemento y herramienta más en la construcción, como materia prima y sintiéndose parte del proceso. Es sabido que en el trabajo del obrero lo que más abunda es sudor.
Preece erige paredes, paneles, techos y puentes para construir recovecos, laberintos y túneles. Y es muy probable que sólo él recorra estos lugares –visitas guiadas no se han concretizado de manera correcta- y que quede para el espectador el registro fotográfico como un resabio de la imposibilidad de esta arquitectura efímera, volátil e inhabitable.
Y lo dibujístico no reside necesariamente en el registro fotográfico, sino más bien en el momento mismo de la ejecución del proyecto: pasillos estrechos, paredes altas, orificios en las paredes, sinuosidades todas que juegan con la luz del día, que van formando sombras, que van dibujando en el aire o en un soporte siempre inestable –árboles, calles-.
Todo el registro se constituye como una nueva obra y por ello va perdiendo su estatus de ‘registro’, se podría decir que las fotografías son un espacio viral: son ‘registro-obra’.
Contaminación de límites: una cuestión absolutamente propia del arte moderno y contemporáneo. Y es que Preece ‘ensucia’ la pintura, la arquitectura, la fotografía, su trabajo transita por estos soportes, los desconforma y los mezcla, los vuelve a un estado virulento, enfermizo pero vigoroso. Vigoroso porque presenta una posibilidad de habitar lugares viables y nuevos, pero enfermizo porque al mismo tiempo Preece muestra el carácter de ‘estar a medio camino’ de esta arquitectura perecedera e inhabitable.
Tal como parece ser en ciertos juegos gubernamentales –y no tanto- de armar y rearmar calles, veredas, plazas, luminarias y paraderos que juegan a ser definitivos, pero que siempre guardan su condición de precariedad y transitoriedad debido a ciertos vicios e intereses personales y creados. Debido al mal proyecto que se lleva a cabo como está. Al menos Preece nos advierte la imposibilidad de su proyecto. El gobierno no.
Imágenes: casi todas de la intervención realizada en el Hospital Salvador:
"Fábrica se declara en quiebra al inaugurarse" - Sebastián Preece. 2002.




